Si hay algo que odio en esta vida es ir a la peluquería (¡hasta que descubrí las peluquerías chinas!)

Siguiendo no sé qué estúpido canon de belleza, las chicas jóvenes de entre 15 y 35 años acostumbramos a llevar el pelo largo. Sin embargo, tras realizar un análisis estadístico –simplemente, fijándonos en las señoras mayores de 40 años que hay a nuestro alrededor y con un margen de error de 5,7 puntos y un margen de confianza del 99%–, podemos observar que cuatro de cada tres señoras a partir de una cierta edad y una madurez asumida llevan el pelo corto.

¿Por qué? Por la sencilla razón de que ya han ido tantas veces a la peluquería a lo largo de su vida que están hartas –hartísimas– y prefieren llevar el pelo lo más corto posible para que este horrible trámite de estética femenina en la civilización occidental sea lo más rápido e indoloro posible.

Pero aquí estamos. Las clientas preferidas de las peluqueras: chicas jóvenes sin canas con ganas de teñirse el pelo de colores imposibles, chicas de largas melenas y flequillos “felpudo” que requieren un cuidado trisemanal o mensual como máximo. Con ganas de gastarnos nuestras pequeñas y simpáticas nóminas en alisados japoneses, depilaciones brasileñas, extensiones o moldeados de ensueño.

Pues no. Estoy harta. N-O-VOY-A-HACERLO-MÁS. Hace dos o tres meses me corté el pelo en una conocida cadena de peluquerías de Barcelona y me cobraron 27€ (VEINTISIETE EUROS) por lavar, cortar las punticas medio dedito y peinar. Y ni siquiera me gustó el resultado. Lo primero que hice al salir de la peluquería fue volver a casa corriendo y lavarme el pelo para quitarme ese horrible peinado forzado. Tardé bastante en superar este mal trago. Hasta hoy.

Esta tarde he vuelto a la peluquería pero, esta vez, he ido a una peluquería china. Es como entrar en google y en vez de buscar directamente en la web, darle al “voy a tener suerte”. Hace algunos meses salieron extravagantes noticias en los medios de comunicación más amarillistas del país echando por los suelos el poco prestigio que tenían esta clase de peluquerías. Se hablaba de “finales felices” y no sé qué más tonterías de viejos asquerosos con mucho apetito que iban allí a disfrutar de un masaje y de un “final feliz” por diez eurillos. No digo que eso no exista, probablemente ya no, sólo puedo decir que en esas peluquerías no se ve. Si lo hay, yo no lo he visto.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: ¡ir a la peluquería!

He entrado en la peluquería y me ha mirado la peluquera china y me ha preguntado, “peinar?” (sic) y yo he contestado “y cortar” (sic). Y me ha sentado en un sillón. Pero no en el sillón de lavado sino en el sillón de cortar el pelo. Ahí, delante del espejo. Mi ya nueva peluquera de toda la vida –creo que a partir de ahora seré incondicional de esa peluquería– me puso un champú en seco y fue masajeando mi cabeza mientras añadía agua desde un botecito de plástico. De repente, tenía la cabeza llena de jabón pero sin haber perdido el tiempo –y sufrido el agua fría y las preguntitas típicas (de las de da igual lo que contestes porque voy a seguir igual) de “guapa, ¿está muy caliente?” “guapa, ¿está muy fría?”. Ahí, al grano. Nada de sufrir temperaturas de agua.

Tras masajearme la cabeza de una forma bastante guay, me llevó al sillón de lavado –ahora sí– me senté boca arriba, con la nuca apoyada en la pileta-lavacabezas, –incómodo, como en todas las peluquerías. (¿¡Es que a nadie se le ha ocurrido diseñar una pileta que no te reviente las cervicales!?)– y me aclaró y me secó un poco el pelo con una toalla. Después, me devolvió al sillón de cortar el pelo y, aún con la toalla a modo de turbante chic en la cabeza, me recompuso mis tiernas y doloridas vértebras con un masaje en las cervicales y en los hombros de cinco minutos de duración. Como nueva. Ya puedo pasar a la siguiente fase.

Y aquí estamos. ¡Listos para matar las puntas abiertas! La peluquera china me desenreda el pelo y me pregunta cómo me lo quiero cortar. Y yo se lo digo, “arreglar el flequillo y cortar un dedo de largo”. “¿Recto o con capas?” “Recto”. Contesto. Y hasta ahí nuestra conversación. Nada de hablar de los maridos de las infantas, ni del marido del de la del quinto o de cualquier marido del que se hable en una peluquería de barrio. A mi nueva peluquera (la próxima vez le pregunto su nombre) no le importa nada quién se acueste con quien en la tele o en el barrio. Y eso, muchas veces, se agradece.

Así que me corta el pelo. Me lo corta con seguridad y con miedo. Me corta un dedo de largo –bien– y medio dedo en el flequillo. “¿Así?” pregunta. “No, un poquito más”. Y te lo vuelve a cortar. Con una sonrisa. “¿Así?” Ahora sí. Te pregunta cómo te lo quieres secar y tú se lo dices. Y, ¡oh milagro! lo hace. Y de repente, tienes el pelo lavado, cortado, secado y peinado (y, lo más difícil, ¡como tú querías!) y estás lista para salir a la calle. Te acercas a la caja, preguntas cuánto es, y te dicen “12’50€” (DOCE EUROS CON CINCUENTA CÉNTIMOS) y piensas, “esto sí que ha sido un final feliz”.

(imagen de cultural China)

 

 

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Enfant terrible de la generación blogger, la gallega Ainhoa Rebolledo llegó en 1987. A lo largo de su recién estrenado periplo por la vida en la Tierra ha vivido en Galicia, Madrid, Lyon y Barcelona, ha gamberreado en calles y clubs, ha consumido narcóticos y se ha pegado «nocauts» en bicicleta. Aficionada a contar cándidamente y en MAYÚSCULAS todo lo que le sucede, Rebolledo ha publicado ya dos minilibros, Mari Klinski (Honolulu Books, 2012) y ¡Maldita sea! (antropología de la noche madrileña) (Sigueleyendo, 2012) y un pepinazo de libro, Tricot (Principal de los libros, 2013)
  • Elena

    jajaja ¿No nos puedes dar la dirección de tu nueva peluquera?

  • Doxa Grey

    Una de las cosas que más me gusta de vivir en Shanghai, aparte de vivir en Shanghai, son las peluquerías. En la que voy, siempre Hay un batallón de profesionales de la tijera con tupés imposibles y cinturas que puedo rodear con dos dedos, no hablan más que lo justo para comunicarse conmigo (en chino, por supuesto) y me cobran 15 yuanes (unos 2 euros). Son encantadores, eficientes y muy divertidos.
    Lo malo es que como empiece a darles palique, ya sí que empiezan a desgranar cotilleos del ¡hola! mandarín…

    Saludos y un gusto leerosL

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