El fantasma de las Navidades pasadas

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Foto de Pixdaus

Cuando pienso en las Navidades de mi infancia siempre recuerdo muchísimos regalos. Papá Noel me dejaba regalos enormes que yo había pedido una y otra vez y los Reyes Magos me dejaban un montón de paquetes que cubrían el suelo el comedor, donde habíamos dejado los zapatos y la hierba y el agua para los camellos.

En realidad sé perfectamente que no era así. Lo de la hierba y el agua, sí, pero no lo de esa mítica cantidad de regalos apilados por todas partes. Mis padres no tenían esa capacidad económica y seguramente tampoco querrían que tuviésemos tantos regalos que no supiéramos por dónde empezar.

Cada vez que se acercan estas fechas mágicas y a los niños se les ilumina la cara al pensar en todos los regalos que les traerán Papá Noel, los Reyes, el Tió, el Olentzero, la Befana o quien sea, intento pensar en eso, en la sensación mágica de encontrar regalos al despertarte, sin saber muy bien de dónde han salido, creyendo convencido o porque dejar de creer es demasiada responsabilidad. En eso y en mi amiga Ruth, que es un prodigio de austeridad en las fiestas, no por necesidad, sino por convencimiento.

Tener hijos hace que uno pierda a veces el norte y se centre más en el corto plazo, en la satisfacción de sus pequeños deseos o caprichos, en consentirlos. No es que seamos malos padres, es que queremos darles alegrías a nuestros hijos. Y en ningún momento ese deseo es tan fuerte como en Navidad. Y no solo es fuerte porque todos nos relajamos, tenemos unos días de vacaciones y sabemos la ilusión que les hace a nuestros retoños recibir regalitos, no. También lo es gracias a la publicidad. No voy a decir que la publicidad es el demonio, porque creo que todos sabemos ya que vivimos en un mundo publicitario y no quiero ser repetitiva, pero sí quiero hacer una reflexión que me ronda desde antes de tener hijos, pero que tras el advenimiento de los tres pompones se ha vuelto mucho más imperiosa:

¿Por qué hay publicidad para un público infantil?

Foto de Fanpop!

Protegemos a los niños de todo, pero no nos importa someterlos a la publicidad de juguetes, dulces e incluso ropa. A los niños. A esos seres humanos pequeñitos que no tienen la misma capacidad de análisis que puede tener un adulto (bueno, vale, me he pasado, depende del adulto no solo la tienen, sino que la superan ampliamente, ya me entendéis) y que no saben valorar lo que están viendo. Dejamos que los niños sean los que decidan qué quieren comer, cómo quieren vestirse y qué juguetes quieren… ¿estamos locos?

¿Soy solo yo o eso es un atentado a los derechos fundamentales de los niños? Someterlos a la tortura publicitaria y esperar después que se regulen solos y pidan únicamente juegos educativos y libros es demencial. Y también es demencial protegerlos de imágenes violentas y de contenidos inadecuados pero dejarlos solos ante un bombardeo de estímulos a los que ni siquiera los adultos somos inmunes.

Hay países en el norte de Europa en los que la publicidad infantil está prohibida, por ley o por… ¡voluntad propia! En esos países los fabricantes de juguetes tienen que convencer a los padres de las bondades de sus productos, porque son los padres los que finalmente deben tomar la decisión de compra. Pero nosotros no, nosotros inundamos cualquier programa infantil con horas y horas de anuncios para que nuestros hijos se conviertan en consumidores compulsivos desde su más tierna infancia.

Y la culpa no es únicamente de los publicistas y las cadenas de televisión. La culpa la tenemos también nosotros. Hay muchas cosas que podemos hacer para poner freno a la locura navideña y a la locura televisiva. Conozco niños (aunque por desgracia no los míos) que en sus cartas a Papá Noel y los Reyes piden: “Lo que ellos me quieran traer”. ¿No os parece increíble en los tiempos que corren?

Porque nos quejamos de que los niños no saben valorar las cosas… ¿Sabemos nosotros? Con montañas de juguetes diferentes y excesos de todo tipo, ¿estamos poniendo algún ejemplo fácil de seguir a nuestros hijos? ¿O es otro de esos casos en los que les pedimos que hagan lo que decimos pero no lo que hacemos? ¿Y la tele? ¿No nos pasamos nosotros horas frente a ella y babeamos ante los anuncios y los productos? ¿No aparcamos a los niños frente a ella esperando que se tranquilicen y molesten poco? ¿Cómo podemos exigir después que los peques entiendan que eso que anuncian no es más que un trozo de plástico inútil que acabará tirado en un rincón? ¿Lo entendemos acaso nosotros cuando se trata de juguetes para adultos?

Foto via Ocean Happening

En estas fiestas, más que nunca, se impone la necesidad de ser críticos con nuestras propias costumbres. Un regalo no tiene por qué ser caro, solo tiene que estar bien pensado y ser una buena idea para la persona que lo va a recibir. No queremos más a nadie por empeñar nuestros próximos tres sueldos para comprarle un capricho excesivo. Es más, queremos más a quienes tenemos a nuestro alrededor cuando somos creativos y consecuentes con nuestras ideas. Especialmente si los que tenemos a nuestro alrededor son niños que necesitan que seamos nosotros los que marquemos el ritmo y la pauta de las fiestas.

Se acabó el crear pequeños consumidores sin cerebro. Se acabó esa fiebre consumista que hace que los niños vivan las Navidades en trance, maltraten los juguetes y no sepan cómo gestionar la frustración de no recibir todo lo que hay en sus kilométricas listas. Somos responsables de lo que pasa en Navidad, somos responsables de cómo viven nuestros hijos las fiestas. ¿No nos gusta en qué se han convertido? Pues vamos a recuperarlas, para que nuestros hijos, en el futuro, recuerden las Navidades como las recordamos nosotros: como fiestas mágicas en las que Papá Noel y los Reyes nos traían mil regalos y acertaban siempre.

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Soy traductora audiovisual y me gusta el cine, la ciencia ficción y viajar. Tengo tres pompones que saben imitar a los zombis y están preparados para una invasión alienígena. Y soy muy futbolera. Nos podéis encontrar a todos en trespompones.blogspot.com.

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