De niños y de bares

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Hace unos días oí la noticia. Hay un bar en el que no dejan entrar niños. Y la verdad es que me pareció una cosa muy rara. España, el país en que más bares por habitante hay… ¿en el mundo? se resiste a dejar que los niños disfruten de ese patrimonio único del que gozan todos los demás habitantes.

Y entonces me puse a pensar si es realmente formativo que un niño entre en un bar. ¿Le aporta algo? ¿Aprende algo bueno? Pues quizás no, pero tampoco aprenden nada en el supermercado y no por eso dejamos de llevarlos con nosotros.

Reconozco, sin embargo, que tuve un momento de duda. Los pubs cuyo objetivo principal es servir y beber alcohol (me parto con los ingleses, ¿cuál puede ser el objetivo si no?) son terreno vedado para los niños en el Reino Unido, y no me parece mal. Nadie arrastrará a un niño a pasar toda la tarde en una mesa, aburrido, mientras su padre se toma una pinta detrás de otra con sus compañeros de billar o de dardos. Pero después recapacité. El padre que haría eso seguro que encontrará otro sitio igual de lúgubre para arrastrar y aburrir a su retoño, en el quizás habrá tanto alcohol como en un pub.

Por otro lado, los pubs normales y corrientes, los que sirven un menú (que debéis probar antes de repetir esa falacia tan extendida que dice que en Inglaterra se come mal) y tienen música en directo y a veces incluso una terracita que en verano se llena de gente trajeada que pinta en mano celebra que se ha acabado la jornada laboral, son, según la ley de licencias para bares “espacios familiares que acogen encantados a padres y niños por igual”.

Así que volví a la casilla de salida. El padre que quiere emborracharse o reunirse con sus amigos y pasar de su retoño, que preferiría estar jugando a fútbol, tiene los medios para hacerlo. Ese padre convertirá sin duda a su hijo en otro padre nefasto que preferirá a su vez, en un futuro no muy lejano, sentarse en el pub y aburrir a su descendencia, que quizás entonces pierda el tiempo enganchada a la pantalla de una consola o un teléfono móvil.

Y tengo un problema: si pienso en ese tipo de cosas, empiezo a plantearme cosas sobre las que no quiero reflexionar, como por ejemplo, si no deberían darnos un carnet por puntos para tener hijos, o realizarnos un examen antes de dejarnos copular libremente.

Así que dejé zanjada esa parte del razonamiento. No tiene nada de malo llevar un niño a un bar. Puede ir a desayunar, a comerse un bocadillo o un menú o a ver el partido del domingo con la bufanda de su equipo alrededor del cuello. Puede sentarse en la terraza y tomar el sol, jugar con sus hermanos o leer su propio libro mientras sus padres leen el periódico. O incluso leer su propio periódico (el diario catalán Ara ha sacado un suplemento para niños en el que explica las noticias de una manera didáctica y simplificada).

Ya solo me quedaba pensar en los derechos de la otra parte afectada, el público sin niños que acude a los bares a desayunar y se encuentra con un montón de crías humanas que derraman el zumo de naranja, golpean las mesas ajenas, y si es a primera hora de la mañana, despliegan una energía implacable que causa envidia ciega entre los mayores de treinta años.

Está bien que no te gusten los niños. De verdad, no pasa nada. No eres de piedra si no te gusta recibir presentaciones de diapositivas con bebés travestidos de angelitos, o pequeños asomando la cabeza por una calabaza gigante. No te sientas culpable, porque no es nada grave. Incluso a las madres de familia numerosa esos archivos nos hacen salir ronchas. De hecho, cuando un abuelo generoso decide regalarme una mañana de sábado de paz y tranquilidad, me gusta ir al bar y perder media hora leyendo la prensa deportiva y charlando con mi pareja sin tener que hacer placajes cada diez minutos.

Pero resulta que, parafraseando a Les Luthiers, “los niños, incluso los más pequeños, son seres pensantes. Casi podríamos decir que son seres humanos.” Y está feo negarle a un ser humano el acceso a algo sencillamente porque no nos gusta como es.

Entiendo, por otro lado, que si no te gustan los niños para ti pueda ser un suplicio que se te llene el bar de ellos. Pero si nos ponemos así acabaríamos por tener locales específicos para ciertos sectores de la población y… Un momento. ¿No los tenemos ya?

Quizás el dueño del bar en cuestión pensara que era un gran argumento de venta, y que el bar se le iba a llenar de gente harta de la aparente invasión de ladrones de silencio. En fin, vaya uno a saber. La cuestión es que no quiere críos en su local. Y en estos casos siempre me sorprende la energía que tenemos para quejarnos, denunciar a grito pelado y decir nuestra frase favorita: “¡Es que no hay derecho!”

Señores, si tienes ustedes hijos o les gustan los niños, hagan una cosa: no vayan a ese bar, igual que no van al bar donde se reúne la asociación nacional del ganchillo porque a ustedes la lana nunca les ha ido mucho.

 

Fotos: Parentdish y Bar El Mudo

 

 

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Soy traductora audiovisual y me gusta el cine, la ciencia ficción y viajar. Tengo tres pompones que saben imitar a los zombis y están preparados para una invasión alienígena. Y soy muy futbolera. Nos podéis encontrar a todos en trespompones.blogspot.com.
  • Miss_ada_veen

    totalmente de acuerdo. Y si no es España el país con más bares, debe ser Argentina.

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